HomeCulturaEl primer desembarco

Querido fue Itañú, Nem Uáipo

Un intento por rescatar del olvido la historia jamás contada del fuerte de Sancti Spiritu (décima cuarta parte).

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Ricardo Dupuy (El Litoral)

A menudo el simplismo del razonamiento humano suele hacernos suponer que todos estamos en igual nivel de evolución.

 

En nuestra historia: que en la monarquía eran todos despiadados, que los aborígenes eran, del primero al último, salvajes o que los conquistadores eran sin excepción codiciosos y sanguinarios. Un error, un habitual error de apreciación.

 

Bien se sabe que los seres más evolucionados, tienen como regla en vida, no destacar, sólo observar y aprender. En todo caso predicar con el ejemplo.

 

Entre las primitivas tribus ribereñas, había personas aventajadas y diferentes. Seres iluminados. ITAÑU era uno de ellos.

 

Las noches de ronda de fuego los ancianos contaban a los jóvenes que, en tiempos de la última gran inundación, una maltrecha piragua de tronco ahuecado llegó a la deriva por el gran río, yendo a naufragar justo en la zona aledaña de la desbordada playita embarcadero de los Chaná.

 

A bordo, una joven parturienta y su hijo recién nacido.

 

En agonía mortal, la madre mantuvo amamantando a su niño y cuando al fin fue rescatada sólo contó con fuerza suficiente para pedir piedad, piedad por el pequeño, apenas aferrado a la vida.

 

Como era costumbre, el póstumo aliento fue para nombrar a su hijo; lo llamó ITAÑÚ, nombre impropio del dialecto Chaná.

 

Por cautela o misticismo el cacique ordenó volver la embarcación al cauce con fuego en su interior y así fue que los restos de la mujer naufragaron en llamas con la correntada. Pero con el niño fueron compasivos.

 

ITAÑU, creció sin ser Chaná, con un privilegio y un maleficio a cuestas, fue el hijo de todos y de ninguno. Dormía en todos los toldos pero en ninguno extrañaban su ausencia. Cuando sobraba alimento, comía en cualquier fogón pero cuando escaseaba, era el que debía contentarse con las sobras.

Y pese (o gracias) a eso fue creciendo bueno, muy bueno, sin rencores, perdonando, justificando, siempre agradecido por la hospitalidad de su pueblo adoptivo. Querido fue ITAÑU, NEM UÁIPO.

 

 

Pasó el tiempo y llegó el momento de convertirse en hombre, hombre Chaná, hombre guerrero. Cuentan que esa fue la primera de sus rebeldías. Él no había nacido para matar, y eso para la aguerrida nación Chaná era imperdonable, afectaba su tribal orden ancestral.

 

El Cacique fue impelido a hacerse cargo, al fin de cuenta él había admitido en la comunidad al huérfano. Para colmo, muchos -todos- jóvenes Chaná estimaban y seguían a ITAÑU.

 

Había que evitar que se haga líder, que su ejemplo se extendiera y que los futuros iniciados hombres opten por no querer guerrear más.

 

¡Qué vulnerables serían los Chaná sin guerreros dispuestos a defender su pueblo!

 

¿Cuánto tardarían los Charrúas en invadir desde el río?

 

¿Cuánto los querandíes en atravesar al trote y en cuadrilla la pampa ondulada?

 

Se convocó al Concejo y este dispuso un castigo ejemplar.

 

Seis meses de absoluta soledad en la isla del silencio – reé lantéc -, sería tiempo suficiente para hacerle comprender la necesidad de subsistir. Los ancianos supusieron que el jovencito comprendería la importancia y el valor de la muerte para la vida.

 

Pero no.

 

ITAÑÚ regresó débil, con la piel sobre el hueso, y convencido de su destino.

 

El Concejo confundió resistencia con rebeldía y optó por el camino del menosprecio, por no ser Chaná intentaron el exilio voluntario.

 

Se dispuso ya no lo llamarlo NEM UÁIPO (espíritu visitante), sino TATÓ ADÁ (hombre hembra).

 

Los Chaná no toleraban a los homosexuales. Los jóvenes afeminados eran expulsados por sus padres de la comunidad.

 

ITAÑÚ comprendió que ya no podía seguir en la tribu y como era huérfano no tuvo que despedirse de nadie, una mañana simplemente se alejó, sin rumbo, hacia lo desconocido, dejando en claro que no era valor lo que le faltaba.

 

Todos, hasta el cacique, extrañaron su afectiva presencia y supusieron que nunca volverían a verlo. Pero se equivocaron.

 

Pasaron muchos inviernos y un día sin aviso retornó a la aldea. No venia sólo, estaba acompañado por un pequeño misterioso hombrecito de lejos, su ropaje lo delataban. Caminaba desde la montaña sagrada, el imperio del Rey Blanco. Su nombre era WAYRA, era explorador.

 

Explorador del Imperio Inca.

 

Fue WAYRA quien contó al concejo y luego en ronda de fuego, que ITAÑÚ llegó a la montaña sagrada y a Tahuantinsuyo sólo por el camino del Carcaranchae y tuvo el honor de parlamentar con la corte del Rey Blanco.

 

Fue él quien le recordó a los Incas que en las orillas de levante vivían los suyos, los bravos pueblos de la ribera del gran Paraná y su legendaria desembocadura a la nación de agua salada, tierras del pueblo Charrúa.

 

Les habló de las guerras sanguinarias y de la crecida impetuosa del agua turbia, de los huevos de ñandú y de los enormes sabrosos peces del río. Contó del adorable olor de la tierra húmeda por la lluvia de verano y del coraje cazador del pueblo de los nadadores.

 

Y habló de su destino. Y los sabios Incas lo reconocieron.

 

ITAÑÚ Y WAYRA habían viajado a pedido del Inca con una misión única y trascendente, debían visitar a todas las naciones ribereñas y advertirles del peligro. Se imponía estar preparados para recibir invasores desde el otro lado del gran desierto de aguas saladas.

 

No se sabía cuándo pero estaban seguros que llegarían navegando en grandes canoas con enormes alas blancas y serían despiadados.

 

Los hombres sabios escucharon el mensaje y, de a poco, fueron preparando a su gente para lo inverosímil.

 

Cumplido que fuera su cometido WAYRA, el hombrecito caminante, desapareció de los pueblos de la ribera, muy posiblemente para regresar a su tierra por la senda del Carcaranchae.

 

ITAÑÚ decidió quedarse y esperar. No en la tribu, sino a las afueras.

 

Los hombres que de tanto en tanto incursionan de cacería en la pampa ondulada, contaban haberlo visto, observando a la distancia, esperando que lo inevitable se precipite sobre su pueblo.

 

ITAÑÚ NEM UÁIPO, fue distante testigo de la llegada de la expedición de Gaboto, de la construcción del fuerte, de los abusos del hombre blanco y del estallido final. Tiempo después eligió acercarse a algunos de los extranjeros que optaron por quedarse.

 

Los actuales habitantes de Puerto Gaboto sostienen que existe una entidad que custodia las ruinas. Se habla de Lucía, de Mangoré o de Siripó. Yo creo que es alguien más.

 

Bien se sabe que los seres evolucionados, tiene como regla después de la vida seguir observando y aprendiendo. Y en todo caso predicar con el ejemplo.

 


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