HomeVenado TuertoSILENCIOSO TESTIGO QUE IMPIDE OLVIDAR

Búnker del centro médico del BID, único sobreviviente del derrumbe

En Sigal y Barberis se destaca una enigmática mole de hormigón. Pocos saben qué es, o qué pudo ser. Con muros de más de un metro de espesor, es lo único construido del Centro Asistencial de Alta Complejidad proyectado por la Fundación del Banco Integrado Departamental. La debacle del BID, en abril del '95, malogró la ambiciosa obra. Hoy, en la Plaza del Docente, el frustrado búnker ya es parte del paisaje.

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Muchos venadenses suelen preguntarse qué es, y qué encierra, la misteriosa construcción de hormigón enclavada sobre una elevación en la esquina de Sigal y Barberis -hoy Plaza del Docente- del barrio San Cayetano. No son tantos los que saben que es un búnker, con muros de más de un metro de espesor, para evitar la fuga de radiaciones en tratamientos oncológicos, y que es lo único que se edificó del Centro Asistencial de Alta Complejidad que la Fundación del Banco Integrado Departamental anunció a fines de marzo del ’94, con la voz cantante del gerente general del BID, Roberto Cataldi.

En aquella conferencia de prensa convocada en el salón de actos de la sede de la Fundación BID -actual edificio de Anses en 25 de Mayo y Lavalle- también estaban presentes el presidente anfitrión Paulino González; el intendente Ernesto De Mattía; la presidente del Concejo Municipal, Haydée Guaci; y los médicos Jorge Vilariño, Raúl Corna, Juan Dubois y Roberto Salvai.

En la ocasión se anunció la creación de un Centro de Terapia Radiante (bomba de cobalto), Resonancia Magnética Nuclear (diagnóstico por imágenes) y una vanguardista Biblioteca Médica, en la primera etapa de la obra; en tanto que en una segunda instancia el centro asistencial sumaría nuevos servicios y equipamientos, como densitómetro óseo, acelerador lineal, laboratorio de investigaciones en enfermedades infecciosas y dosajes de drogas, colaboración con los centros de ablación e implante de órganos, y centros de rehabilitación para enfermedades neurológicas y cardiovasculares.

Diario de la época

El lunes 28 de marzo de 1994, el semanario La Ciudad dedicaba una página al lanzamiento del proyecto bajo el título: “Alta complejidad para todos”. foto: gentileza Archivo Histórico Digital (VT)

Según consta en la edición del semanario La Ciudad del lunes 28 de marzo del ’94, con los fondos que la Fundación recibía del Banco Integrado Departamental, uno de los objetivos prioritarios era “cubrir el déficit de la ciudad en materia de alta complejidad oncológica”, manifestaba Cataldi.
En ese mismo acto, las partes suscribieron el convenio por el cual la Municipalidad cedió a la Fundación del Banco Integrado Departamental la mitad de la Chacra 30, identificada como manzana L y con una superficie de 9.175 metros cuadrados, comprendida entre calles Natalio Perillo, Isaac Sigal, Pedro Barberis y Ángel Re.
El Concejo Municipal aprobó dicho convenio en su sesión del martes 29 de marzo, a través de la ordenanza N° 2235/94, aunque haciendo notar que el texto establecía atención gratuita “a los pacientes de escasos recursos y sin cobertura social derivados por la Subsecretaría de Salud de la Municipalidad…”, estimando conveniente el cuerpo legislativo “solicitar a esa Fundación, la adopción de idéntico criterio -convenio mediante- con otras instituciones asistenciales, como el Hospital Gutiérrez”, para que también puedan derivar pacientes con la correspondiente documentación certificada por sus asistentes sociales.

En tiempo récord

El búnker de la Plaza del Docente recuerda el malogrado Centro Asistencial de Alta Complejidad que el desplome del BID impidió completar en los ’90.

Con su habitual suficiencia en esos tiempos, el hombre fuerte del BID anunció a fines de marzo que “en los próximos 30 días está el compromiso de comenzarlo”, y estimó en seis meses el plazo para inaugurar la primera parte de la obra (Centro Oncológico Radiante), en tanto que el proyecto completo demandaría unos tres años de trabajo.
Desde ya que Cataldi era mucho más optimista que el propio texto del convenio, que obligaba a comenzar la obra dentro de los seis meses y concluirla en no más de tres años desde su inicio.
Meses más tarde, a mediados de noviembre del ’94, el Concejo aprobó la eximición del pago de los derechos de edificación, en razón de la función social que cumpliría el Centro Asistencial de Alta Complejidad.
Mientras tanto, la Fundación BID ya había adquirido parte del equipamiento, como la bomba de cobalto de última generación, que había costado unos 300 mil dólares. La misma ya estaba depositada en la Aduana, a la espera de completar los trámites administrativos de rigor para su traslado al búnker de Sigal y Barberis.
La sola enumeración de las dependencias que contemplaba el proyecto diseñado por el arquitecto Edgardo Camps es sorprendente, pero impresiona más aún desplegar la vista de planta del proyecto -forma parte del expediente archivado en el Concejo Municipal- y observar que el búnker (9,85 m x 7,40 m) es el minúsculo apéndice de una construcción que se hubiera desarrollado a lo largo de 63 metros (desde Barberis a Perillo) y más de 26 metros (desde Sigal a Ré).

Principio del fin

Un 12 de abril del ’95 el Banco Central le soltaba la mano al BID con la suspensión de sus operaciones, y a pesar de las versiones de pronta reapertura, sería el final de sus días. Uno tras otro, en efecto dominó, fueron languideciendo todos los emprendimientos lanzados por el emporio, los empresariales, y también los comunitarios, como el Centro Oncológico, del que sólo se llegó a construir el búnker para alojar los equipos de terapia radiante, y el Cine Teatro Verdi, que había sido desmantelado para una remodelación integral de sus instalaciones y, tras quedar a medio hacer, necesitó largos años para su reapertura.
La crisis financiera internacional y la temeridad de la gestión crediticia erosionaron las bases del banco cooperativo de Moreno y 25 de Mayo, y el Banco Central, virando de cómplice a victimario de la noche de la mañana, dijo basta en aquella Semana Santa que marcó un antes y un después en la historia contemporánea de Venado Tuerto y la región. Las empresas satélites que gerenciaba el BID, luego de haberlas absorbido, y los proyectos culturales, deportivos y sociales, entraron de pronto en zozobra.

Nueva frustración

En el caso del complejo sanitario, se interrumpió y jamás se reanudó. Se habían generado algunas expectativas de continuidad en los meses siguientes al desplome del mecenas, a través de instituciones locales, pero no pasaron de rumores. Los equipos adquiridos para el tratamiento de patologías oncológicas, que habían sido importados y permanecían en depósitos aduaneros, nunca fueron reclamados y se perdieron. La quiebra del BID, un año después, en abril del ’96, y la posterior disolución de la Fundación, confirmaron una nueva frustración.
En la ciudad ya había cambiado el gobierno municipal en diciembre del ’95. Era el fin de una época de dominio absoluto de Ernesto De Mattía y Roberto Cataldi. Tras 12 años de hegemonía radical, el caudillo justicialista Roberto Scott se apoltronó en el Sillón de Aufranc y tiempo después firmó el decreto que nulificó la cesión del predio, basado en la interrupción de las obras, según preveía el artículo cuatro del convenio. Tal vez influyó también que el nuevo mandatario había basado su exitosa campaña electoral en los ataques a Cataldi y De Mattía, los protagonistas de la megaobra sanitaria inconclusa.
Años después la ciudad y la región pudieron contar con servicios oncológicos de alta complejidad, en este caso impulsados por la Mutual entre Asociados de Cooperación Mutual Patronal y Cooperación Seguros, que inauguraron en 2001 el Centro de Tratamiento Oncológico (CTO), en el Km 364,5 de ruta 8.

La plaza del búnker

En 2003, a pedido de Amsafé departamental, que había impulsado un reconocimiento a los trabajadores de la educación, el Concejo Municipal aprobó mediante una ordenanza (3097/03) la creación de la Plaza del Docente, en el mismo predio asignado en el ’94 a la Fundación BID para emplazar el complejo médico. Más tarde, el 19 de diciembre de 2003, en el 75° aniversario de Amsafé, se inauguró el espacio público, con búnker incluido.
En su momento, el entonces delegado del gremio docente, Alberto Maurino, hizo gestiones para incorporar la construcción en desuso al enclave de los maestros, tal vez como un museo de la educación regional, pero la iniciativa nunca progresó.
Casi 30 años después, nadie se animó a demoler la fornida estructura que sólo guarda oscuridad y simboliza un final de época. Para muchos venadenses, no sirve para nada; otros creen que puede servir para entender, sobre todo a las nuevas generaciones, la Argentina y el Venado Tuerto de los ’90, tiempos de falsa opulencia y del gigante de los pies de barro.


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jfranco@sur24.com.ar

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