2 de Abril
En homenaje a los Veteranos y los Caídos en la Guerra de Malvinas
El autor señala que "no quedan dudas sobre la legitimidad del reclamo argentino sobre las Malvinas", pero advierte a la vez que "la soberanía no se declama, se ejerce con acciones sostenidas, con políticas reales, con los recursos que la diplomacia nos permite".
Por José Ignacio Serralunga (*)
Algo bueno tiene el paso del tiempo, y es la creación de la distancia que nos permite, en su paréntesis, poder recordar -en la medida de lo posible- más desapasionadamente que con la cercanía de los hechos. Es posible tamizar los odios, los rencores, y los cariños también.
Cuarenta y tres años nos separan de aquel 2 de abril en el que los argentinos nos despertamos asombrados por un hecho inesperado: se habían recuperado las Islas Malvinas, esas hermanitas perdidas en las que, desde más de ciento cincuenta años antes, flameaba otra bandera.
Y el tema entró en la agenda, y el pueblo se sintió otra vez como en los principios del siglo diecinueve, con un enemigo a quien enfrentar. De buenas a primeras, sin aviso, sin prepararnos. Y eso, sin excepciones, despertó, como siempre sucede, lo mejor y lo peor de la gente.
El tiempo iba a tamizar todo, y la historia se iba a empezar a escribir, como siempre, con errores, con omisiones, con verdades. Y se seguirá escribiendo, hasta el día en que, como pasa con todo, empiece a quedar en el olvido. O a perderse en la nebulosa de los años. De nosotros depende.
En estos días, cuando recordamos a los veteranos de esa guerra, nos damos cuenta de que esos muchachos de veinte años, vueltos hombres en un instante, hoy son hombres de más de sesenta años, que tuvieron veinte abriles para crecer, y un abril para madurar, y cuarenta más para vivir su vida con una carga de recuerdos muy difíciles de compartir.
Y muchos de ellos no soportaron los recuerdos.
Entre los veteranos también debemos contar a aquellos que abrazaron la carrera de las armas por vocación, algunos tan jóvenes como los soldados, otros más grandes. Y hubo enemigos, hombres también, que por su bandera dieron su vida. La distancia nos permite hermanarlos. Todos tenían quienes rezaban por ellos, quienes esperaban su regreso a casa.
Sería bueno dedicar unos momentos a pedir por sus almas, todo acto de heroísmo por una causa superior merece nuestro recuerdo y nuestro homenaje. Y si de algo podemos estar orgullosos es del valor que demostraron nuestros muchachos, en circunstancias desfavorables, y, valga la metáfora que se hizo realidad, contra viento y marea.
Allá están las islas, con sus borrascas, sus nieblas, sus nieves. Con los cuerpos y las almas de los que quedaron para siempre. Con la bandera que flamea desde el 10 de junio de 1982. Las generaciones que siguen podrán encauzar los intentos por recuperarlas.
A nosotros nos toca ahora honrar la memoria de los caídos y también honrar la vida de los que volvieron. A nosotros nos toca seguir escribiendo la historia, y la mejor manera de homenajearlos será hacer cada día un país mejor.
No quedan dudas sobre la legitimidad del reclamo argentino sobre las Malvinas. Histórica, geográficamente, son argentinas. Pero la soberanía no se declama, se ejerce con acciones sostenidas, con políticas reales, con los recursos que la diplomacia nos permite. Nadie desea una guerra, pero la guerra ocurrió. Y no desear la guerra no nos habilita a olvidar a esos valientes que la vivieron.
Es nuestra obligación sostener, como lo hacemos con los guerreros de la Independencia o los Revolucionarios de Mayo, la presencia de esos veteranos, de los caídos. Y homenajearlos. A ellos y a sus familias.
Jorge Luis Borges, con una visión genial, logró, en la inmediatez de la guerra, mirar el momento como si hubieran pasado, no 43 años, sino 100. Y lo expresó en su poema: Juan López y John Ward.
Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países,
cada uno provisto de lealtades,
de queridas memorias,
de un pasado sin duda heroico,
de derechos,
de agravios,
de una mitología peculiar,
de próceres de bronce,
de aniversarios,
de demagogos y de símbolos.
Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil;
Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown.
Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad,
que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara,
en unas islas demasiado famosas,
y cada uno de los dos fue Caín,
y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos.
La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.
(*) Coordinador del Área de Cultura de la Universidad Católica de Santa Fe. Dramaturgo, actor y director teatral