Nos anticipamos a San Valentín
Ni primavera sin flores, ni vida sin amores...
Horacio Capanegra
Del amor se ha escrito ríos de tinta si recuperamos relatos y crónicas trasmitidas entre tantas generaciones. El festejo del día de los enamorados todos los años, confirma este sentir que tanto nos desafía. Cada 14 de febrero, Día de San Valentín, es una referencia para que mujeres y hombres memoren un sentimiento tan caro para sus vidas. Es que la evocación del amor y la amistad es una cita obligada para quienes tuvimos la dicha de movilizarnos alguna vez por otra persona.
Revivimos un momento tan íntimo como trascendental. Un compromiso que conmueve, que activa lo más profundo de nuestras entrañas. Miradas fulminantes, posturas aparatosas, cosquilleos indecibles, silencios que hablan... Situaciones absurdas todas, que embriagan a dos personas cuando el querer apasionado irrumpe en sus vidas sin pedir permiso. Hay quienes aseguran que no pudieron respirar cuando como primerizo ojearon a "su Valentín". El amor no tiene explicación. Tiene tanto de asombroso como de repentino. Aparece como un sentimiento genuino de proyectarse en el otro. Lo aviva un fuego interior que termina siendo un misterio.
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Cuando le ponemos rostro al amor, se ensalza todo, se esparcen las semillas del cariño, deseamos "partirnos" para ser uno con el otro. Escogemos como en un jardín, un paraje al que miramos atrapados por sus plantas, sus multiplicidades de figuras, de tonalidades, de fragancias, de vegetaciones que conviven. En un tris, sin saber por qué, elegimos un pimpollo de ese decorado, que para el resto del cosmos será una flor más entre tantas, pero para uno termina siendo única, irrepetible. La queremos cuidar. Acariciar su belleza. Cobijarla para siempre...
Para dos personas enamoradas el tiempo termina siendo su aliado. Libremente lo toman para permanecer juntos en el amor, y cuando éste traspasa el reloj, se forja una historia, se construye un recorrido que busca la bonanza ajena. Porque el amor se cimienta en el piropo de la donación, es salir a buscar al otro. Es comenzar a hablar en plural. Pasar del soy al somos. Es necesitarnos para tenernos. Reparamos un sentir curioso opuesto a lo que piensan los mortales de este mundo. Asoma algo fortuito que descubrimos sin haberlo buscado: nos damos cuenta que hay mayor felicidad en dar que en recibir. Finge demencia todo esto dirían los jóvenes. Asalta al espacio virtual de las redes sociales, que apuesta a un narcisismo exacerbado...
Es entonces en que trabajamos para resguardar ese amor que supimos conseguir, conservar esa gracia, aplicar todos los sentidos, disciplinar la reciprocidad con pequeños gestos que alimentan el corazón, lejos del desgano, cercanos al respeto y a la tolerancia de quienes tenemos a nuestro lado. Así, a diferencia de los que muchos creen, nos hacernos libres al compartir la vida, en el servir al otro. Porque si no hay un otro, vivir se hace ciertamente gris. El desamparo talla nuestro ser, empañado acaso por nuestro cerrazón sinsentido.
Aunque seamos honestos. Hay trances dolorosos que debemos sortear cuando queremos de verdad, en el que compulsamos si vale la pena sufrir tanto. A menudo comparamos nuestras luchas con amores idílicos de historias contadas de memoria como las de Romeo y Julieta, del Cyrano de Bergerac con Roxane, o simplemente de Cenicienta con el príncipe azul. Sabemos que no existen -o quizás sí- pero confrontamos nuestro sentir cuando las cosas no se presentan como soñábamos. En contraposición también hay amores que son incomprensibles por cómo nos enseñaron a mirar de chiquititos. Son difíciles de definir, y en algunos casos de ensayar. Porque hay muchos amores, de los más variopintos y para todos los gustos. Impenetrables, inaccesibles, insondables. Hasta ambiguos.
- Hay amores burocráticos, los políticamente correctos, los que las actas y libros los vuelven prácticos, los que las familias los convierten en simples pretextos.
- Hay amores viscerales, los cuidadamente prohibidos, los que son asfixiantes cuando son pasionales, los que los corazones se trizan cuando han partido.
- Hay amores compañeros, los eternamente amistosos, los que el tiempo en la vida los recitan eternos, los que la ausencia de alguno los marchitan penosos.
- Hay amores silenciosos, los secretamente felices, los que las sonrisas y los ojos se abrazan nerviosos, los que encienden el fuego del alma como aprendices.
- Hay amores generosos, los confiadamente honestos, los que las oraciones y ritos se encarnan piadosos, los que la liturgia consagra a los fieles esposos dispuestos.
- Hay amores famosos, los curiosamente especiales, los que bellas figuras desfilan por balcones vistosos, los que al apagarse las luces se escurren por los arenales.
- Hay amores azarosos, los transitoriamente casuales, los que el destino depara con espacios ociosos, los que simulan farsantes con trampas y engaños banales.
- Pero hay un único amor que es el tuyo, que entrevera oraciones, silencios, pasiones y tiempos, que la mano de Dios bendice para hacerlo suyo, que la muerte celosa intenta acallar hasta el último aliento...
Quizás ahora advierto, entre tantos espejos de amores, que si no hay vida apasionada por no haber amado, tampoco habrá una muerte plena en el desamor. Porque nadie muere como no ha vivido. Es que el amor que nos honra para vivir, es tan sabio y generoso, que nos enseña a morir en la sequedad o en la abundancia según como quisimos. Disparate del amor si los hay cuando esté ya por partir...
Cuando esté ya por partir...
Cuando esté ya por partir,
robaré tu último abrazo,
tus ojos serán regazos,
hogueras de mi existir.
Portaré muchas arrugas,
sabias huellas que tallan,
tus penas cuando acallan,
tus pasiones como fugas.
Tu sonrisa compañera,
que reza el sinsentido,
que luce lo convivido,
será gracia que espera.
Tu voz en paz será canto,
velará suave mi tiempo,
sabrá mi sentir el viento,
de suspiros por tu llanto.
Tu corazón en silencio,
será caricia de mi alma,
latidos de dos en calma,
sonar que ya aquerencio.
Dormiré así sosegado,
pues a pesar del dolor,
soñaré feliz el color,
de tu ser enamorado.