Un café con la historia
Ocampo, Perón y Sarlo en debate
Eva, Victoria y Beatriz, "(...) un diálogo imposible, un sueño hecho realidad".
Por Rodrigo Agostini
Anoche estaba deambulando por mis sueños, caminando por las calles de Buenos Aires. La ciudad dormía, pero yo sentía que algo latía bajo sus adoquines, un eco de historias pasadas que se resistían al olvido.
Me detuve en la Avenida de Mayo al 800 y miré detrás del vidrio empañado de un café que se resistía al tiempo. El Tortoni, con su lustre de otras épocas, parecía un umbral entre el ayer y el hoy.
Me pareció ver caras conocidas. Parpadeé incrédulo, froté mis ojos, pero allí estaban, sentadas en una de las mesas del legendario café: Victoria Ocampo, Eva Perón y Beatriz Sarlo.
La historia argentina resumida en tres mujeres que, desde diferentes trincheras, moldearon el pensamiento y la acción de generaciones. Un temblor recorrió mi espalda: no era sólo la frialdad de la noche porteña, era la sensación de estar a punto de presenciar un diálogo imposible, un sueño hecho realidad.
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Quise chusmear. Entré con cautela, sintiendo el crujido de la madera antigua bajo mis pies, el aroma del café y el murmullo lejano de conversaciones perdidas en el tiempo. Busqué un rincón apartado y, como un perro que da varias vueltas antes de echarse, dudé antes de acomodarme.
La silla era firme pero cómoda, su respaldo curvado me abrazaba en la penumbra. Me senté con la pose de un Pensador de Rodin improvisado, una mano en el mentón, los ojos fijos en aquellas mujeres que parecían dispuestas a revivir sus luchas.
Me dispuse a escuchar, a absorber cada palabra. No quería interrumpir, solo ser testigo de un intercambio que, de haber sucedido, sería material de estudio por siglos.
Victoria Ocampo, con su elegancia innata, fue la primera en hablar. Su voz firme y pausada marcaba su autoridad intelectual:
"Desde siempre, la mujer tiene un rol relegado en la sociedad argentina. Criada para el hogar, alejada de los grandes debates y de la toma de decisiones. Nuestra presencia en la vida pública es limitada y, en muchos casos, censurada. Desde Sur, intento cambiar esto. No solo dando espacio a las voces femeninas en la literatura, sino promoviendo un pensamiento crítico que desafíe las estructuras establecidas. Sin embargo, el camino no es fácil. Las mujeres que intentamos ocupar un lugar en la esfera pública somos atacadas, minimizadas, ridiculizadas. Pero nuestra lucha es necesaria. Sin nosotras, la cultura y la política están incompletas".
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Eva Perón, con su pasión y determinación inconfundibles, toma la palabra:
"Victoria, en algo coincidimos: el papel de la mujer no es fácil. Pero yo no hablo de la mujer intelectual o de la élite. Yo hablo de la mujer del pueblo, de la que madruga para trabajar, de la que sostiene un hogar con lo poco que gana. Es por ellas que lucho, para que voten, para que tengan derechos laborales, para que sean reconocidas. La justicia social no es una utopía, es una necesidad. Los humildes no pueden esperar los tiempos de la política tradicional. Por eso creamos la Fundación Eva Perón, para que la ayuda llegue sin intermediarios, sin burocracia, porque el hambre y la pobreza no entienden de demoras. Hablar de justicia social no es caridad, es dignidad".
Beatriz Sarlo, con su aguda mirada crítica, interviene:
"Ambas tienen puntos válidos, pero debemos analizar la cultura argentina desde una perspectiva más amplia. La historia nos muestra que, en nuestro país, las transformaciones sociales no son lineales, sino pendulares. Oscilamos entre modelos de inclusión y exclusión, entre políticas de derechos y retrocesos. Hoy, la cultura argentina está fragmentada. Las redes sociales amplifican la polarización y convierten la opinión en trinchera. Se pierde el debate real. La gente no busca informarse, sino confirmar lo que ya piensa. En este contexto, el papel de la cultura y la educación es más crucial que nunca. Necesitamos recuperar el pensamiento crítico y la capacidad de debatir sin dogmatismos".
La conversación se pone picante. Victoria Ocampo replica: "Beatriz, la cultura siempre es campo de disputa. Lo es en mi época, cuando difundir a Borges o a Lorca es un acto de resistencia. El problema no es la polarización, sino la ausencia de ideas originales. Hoy todo se reduce a consignas vacías".
Eva Perón responde con vehemencia: "La cultura no puede ser un lujo de las élites. No podemos hablar de pensamiento crítico si hay gente que no tiene para comer. La cultura popular es tan válida como la alta cultura. El peronismo entiende eso y por eso transforma la Argentina".
Sarlo toma un sorbo de café, casi se atraganta, y contraataca: "Eva, pero esa misma cultura popular también es utilizada para construir relatos donde el debate se cierra. No hay pensamiento crítico si se impone una verdad única. Y Victoria, no podemos ignorar que la cultura siempre está atravesada por cuestiones de clase. ¿Cuántas de las mujeres de tu círculo pueden realmente hablar en igualdad de condiciones?"
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El debate se prolonga entre argumentos y miradas intensas. Yo, desde mi rincón, absorbo cada palabra. El café se enfría en mi taza, pero no me atrevo a interrumpir el flujo de ideas.
Hay algo hipnótico en ver a estas tres mujeres tan distintas, pero unidas por una pasión inquebrantable. El Café Tortoni, con su historia impregnada en las paredes, es el escenario perfecto para un diálogo imposible y, sin embargo, tan necesario.
De pronto, una risa cómplice de Eva rompe la tensión: "Si algo nos une, es que ninguna de nosotras se queda callada". Victoria levanta su copa de vino y asiente con una sonrisa. Beatriz, con su mirada analítica, también coincide. Y yo, testigo silencioso, entiendo que el verdadero valor del debate no está en la victoria de una idea sobre otra, sino en el ejercicio mismo de pensar, cuestionar y desafiar los límites impuestos por la historia.
Es entonces cuando me viene a la mente una frase de Raúl Alfonsín: "Con la democracia se come, se educa y se cura". Quizás la discusión de estas tres mujeres es, en el fondo, la eterna discusión de la Argentina: cómo lograr que la justicia, la cultura y la libertad no sean privilegios de unos pocos, sino derechos inquebrantables de todos.